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martes, 5 de febrero de 2013

Vínculos limados


Después de toda la mañana buscándola, Gabriel se sentó e intento recordar cuando había usado su lima por última vez. Había sido una semana antes y estaba especialmente nervioso, algo que solía ocurrirle ante personas como Pedro. Resultaba tan pedante en sus comentarios, tan estirado en su manera de expresarse y tan repipi en su manera de dar ordenes con un por favor delante, que no pudo evitar hacer uso de ella otra vez. Si había personas con quien era eficaz su lima era con las de este perfil, las conseguía depurar tanto que al final permanecían silenciosas y obedientes ante él.

La lima fue todo un descubrimiento para Gabriel desde que la usara por primera vez con Óscar, alguien con quien nunca imagino que debiera utilizarla. Hasta el día en que este se negó a salir con él a aquella fiesta. Siempre iban juntos y Óscar debía comprender que no pasaba nada por no estudiar para ese examen. Por lo que decidió desprenderle de eso que le hacía tan responsable y a la vez tan muermo. Desde entonces nunca más Oscar diría que no a una fiesta. Aunque tampoco volvería a decir  que sí a hacer un examen, realizar un trabajo, tener un hijo o cualquier otra responsabilidad.  

Y es que aquellos aspectos que Gabriel limaba, ya no tenían vuelta atrás. Aún recuerda como consiguió que sus padres dejaran de montarle el pollo cada vez que llegaba a casa a las tantas de la madrugada apestando a Dyc de garrafón. Hizo que fueran mucho más despreocupados con él, tanto que desde que se independizó era él quien tenía que llamarlos o ir a verlos para saber de ellos. Añoraba tanto que mamá le riñera por algo, aunque fuera por no salir lo suficientemente abrigado.

Con tantas chicas había conseguido vencer la desconfianza inicial gracias a  la lima. Aunque aquellas noches de Don Juan no podían compensar lo de Paula. Todavía le dolía recordar como paso de ser esa chica tan perspicaz y atrevida que tanto le enamoró al conocerla, a alguien torpe y sin iniciativa. Y todo por aquella discusión, de la que ya no era capaz de recordar ni cómo había empezado.

Ahora se encontraba ahí sentado, percatándose de que nunca antes había pensado en la lima y en su significado hasta el momento en que la había perdido. Pensó en lo que significaba esa perdida. Se sintió aliviado. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Aquel viejo Vals...



Aferrada a su bastón Luisa aprieta el paso e intenta inútilmente esconder bajo las solapas de su abrigo el calor que produce en sus mejillas su presencia. Todavía hoy sigue ruborizándose como cuando siendo una moza le vio por primera vez. Es como si pudiera escuchar a la vieja banda del pueblo tocando aquella melodía que la hacía volar por encima de la multitud.
Elías hoy va ensimismado en sus pensamientos mientras da su paseo matinal. Pero cuando levanta fugazmente la vista, y la observa venir hacía él, no puede evitar dibujar la misma sonrisa pícara con la que le invitó a bailar la primera vez. Siempre mantendrá esa actitud, fingidamente despreocupada, que solo esconde la enorme vergüenza que le provoca el simple contacto visual.

Un tímido “hasta luego” por parte de ambos sella el cruce en el camino, como sí el otro fuera un vecino más, uno con poca confianza como para perder el tiempo parando a charlar y a pasar frio en esta mañana de octubre. Ambos tienen a sus hijos esperándolos en casa, unos hijos ignorantes de las barreras que los separan. Unos hijos que a diferencia de sus padres no tienen razones que recitar, por las cuales no deben gastar ni una minúscula gota de saliva en pararse y hablar. 

Pero aún así da igual, eso ya no importa, ambos se ven sin fuerzas para escalar ese muro invisible que durante tanto tiempo construyeron para ignorarse. Tantos esfuerzos tomaron terceras personas en que se vieran con unos ojos que no eran los suyos, que ya no merecía la pena. Y sin embargo ¿por qué el calor sigue recorriendo sus tripas ante la mera presencia del otro? ¿Cómo puede alguien a quien se han esforzado tanto en obviar provocar emociones que no entienden de arrugas?

Y es que ambos gastan mucho esfuerzo en esconder aquello recuerdos que los acercan, que los llevan a momentos donde no se esquivaban. Donde sus pies bailaban y sus brazos se entrelazaban, donde las cabriolas al ritmo de aquel viejo vals les elevaban por encima de la gente y de sus habladurías. ¡Ay, recuerdos! Recuerdos impregnados de esa melodía y que están a medio camino entre la realidad y la fantasía.

 Pero una vez se han cruzado, los dos vuelven a sentirse derrotados, vuelven a sentir como la insatisfacción les invade. Mientras, los dos adolescentes que aún atesoran en su interior se lanzan a bailar invadidos por el espíritu de aquel viejo vals.
 GOCA