martes, 24 de diciembre de 2013

AROMA A AMONIACO EN EL PELO

Quizás haya pocas ocasiones en que me haya sentido tan excitado como cuando bajábamos hasta el quiosco de Juan de la Cierva a comprar petardos. Siempre se producía la misma liturgia, llegábamos hasta allí y esperábamos hasta que no hubiera nadie comprando; nos acercábamos a la puerta trasera por donde se accedía y llamábamos con dos golpes; el viejo quiosquero salía, pedía el dinero y preguntaba la cantidad; al rato salía y nos entregaba el preciado tesoro. Volvíamos corriendo a las margaritas, nuestro barrio, pensando en donde íbamos a poner cada uno de los petardos que habíamos comprado. Siempre caía alguno cerca de la ventana donde vivía el viejo Tomás, un malo de cuento de Navidad, de esos que los niños temen y odian a partes iguales. También fueron cientos las latas y litronas reventadas por algún petardo, aunque ninguno causo más estragos que aquel que pusimos en una mierda de perro frente a las sabanas blancas recién tendidas en un bajo.

No solo con petardos saciábamos nuestra sed de gamberrismo, las bombas fétidas eran el arma más utilizada en aquellas fechas. Los objetivos eran variopintos pero todos los días caían tres o cuatro en los “recres” del Narciso, que si no tenía bastante con controlar los golpes en las máquinas, esos días también debía andar con la fregona de un lado para otro. Aunque no era el que mas se podía quejar por los ataques de esas bombas pestilentes, la “horchatería valenciana” y el quiosco “del Jula” se llevaban la palma en ese aspecto.

Otro elemento que causo estragos en mis navidades infanto-juveniles fueron los botes de nieve en spray, daba igual cuanto intentaras evitarlos, al final siempre volvías a casa con ese olor horrible olor a amoniaco en el pelo. Con el tiempo los fueron vendiendo ignífugos, pero recuerdo como con los primeros hacíamos auténticos lanzallamas para quemar la hojarasca a distancia. Supongo que ahora, con la distancia, más de uno se asustará ante tanta imprudencia, pero en aquella época estas sensaciones solo eran sabrosa adrenalina regando nuestros pensamientos preadolescentes.

Pero en navidad no todos los días había dinero para comprar petardos, bombas fétidas o sprays de nieve. Uno de los divertimentos más barato y emocionante consistía en ir a quitar los adornos del mercado. En realidad consistía en hacerlo delante del “guardia jurado” y conseguir escapar sin que te pillase, es por ello que los adornos más cotizados eran los que estaban cerca de su garita. La jugada maestra era esperar que saliera de ella e ir a llamar al timbre con el que se le avisaba. Luego tocaba esperar pacientemente hasta que llegara, había que aguantar, y cuando más cerca estaba cada uno salía corriendo por alguno de los pasillos de las galerías intentando coger las guirnaldas que colgaban del techo. Aún recuerdo el susto que me pegue el año que decidieron poner dos guardias en vez de uno, algo de lo que no me percaté hasta que al creer que escapaba de aquel vigilante que iba hacía la garita, surgió otro en dirección contraria que “solo” acertó a atrapar el gorro de mi cazadora coreana.

La cabalgata de los reyes también hacía agudizar las habilidades motrices de los chavales. Siempre bajaba por la avenida de las ciudades, y había que moverse como culebras entre las piernas de la gente para pillar la mayor cantidad de caramelos, pocos eran los años en que no volvíamos con los bolsillos llenos. Aunque recuerdo muy especial el año de la nevada, en que pudimos dar cumplida venganza de la violencia con que muchos pajes tiraban los caramelos. Así, el paso de la cabalgata por el barrio se convirtió en un bombardeo de bolas de nieve desde las calles hacía las carrozas.


Con el tiempo el gasto en artículos de broma fue menguando.- Cada vez el dinero que reuníamos en esas fechas iba destinado en mayor medida a la sidra. A cincuenta pesetas llegamos a comprar las botellas en la bodega de la plaza, fueron los primeros conatos de borrachera y el paso a otro tipo de navidades. El paso de la niñez a la adolescencia donde muchas cosas cambiaron, pero algunas siguieron y aún hoy siguen siendo iguales. Las navidades huelen a petardo, a bomba fétida, a amoniaco en el pelo y a sidra. Siguen teniendo el paisaje de mi barrio y se siguen disfrutando con la compañía de amigos y familia. Seguimos brindando y recordando con nostalgia aquellos tiempos en que las navidades eran distintas. Aquellas navidades en que los niños nos pasábamos el día haciendo gamberradas y huyendo por las calles de las margaras. 
GOCA

jueves, 14 de febrero de 2013

FRENTE AL ESPEJO


Cuando te encontraste sola en su despacho, la curiosidad que tanto tiempo había ido anidando en tu interior, te empujó directamente hacía su teléfono móvil. Sabías que no era algo correcto y que las consecuencias si él se enteraba podían ser nefastas, pero aun así la decisión ya había sido tomada mucho antes, y no habías sido tú quien lo había decidido. Tenías que salir de ese pozo de dudas, aún sabiendo que lo que adivinaras podía ser peor que esa maldita incertidumbre. Cuando cogiste el teléfono móvil, alzaste la vista y te viste, te descubriste frente al enorme espejo temerosa de su reflejo.

Los recuerdos se agolpaban en tu mente, ya no eras capaz de recordar el último momento en que sentiste que era tuyo, ni el primero en que te sentiste colmada con su mirada. Durante años habías sido tan feliz sintiéndote suya, tan segura de su amor. Eran momentos que guardabas en la memoria como aquellas viejas fotos teñidas de tonos sepia, fotos en las que se ve a la gente feliz, con atracciones de feria por detrás y ovillos de algodón de azúcar en las manos.

Cuando te hizo empezar a dudar aún pasabas mucho tiempo frente al espejo, arreglándote para él. Lucías esa preciosa figura a los taitantos por la que aún los chicos se giraban a soltar un silbido, te ponías faldas  que escalaban por encima de las rodillas, le mostrabas las medías de encaje que tanto le gustaron en otras épocas, le regalabas esos escotes donde tantas veces había perdido la mirada. Pero notabas que ya no era tan tuyo, que ya no te miraba ni te deseaba. Ya solo te pertenecía cuando disfrazabas tus manos de las suyas, y en tu mente eran ellas las que resbalaban como dos peces entre tus piernas.

En tu fuero interno dudabas de su fidelidad o de si estuvieras volviéndote loca.  Empezaste a ir todos los días a su despacho sin que él te viera y pasabas las horas muertas viendo entrar y salir pacientes que siempre comentaba lo poco o mucho que les estaba ayudando. Te volviste cada vez más instintiva y desconfiada, le olisqueabas buscando la esencia de otra, escudriñabas su ropa buscando sus restos, incluso llegaste a ser su escolta invisible para poder descubrirla.

Te viste frente al espejo y la terrible imagen no pudo frenarte, conectaste el teléfono móvil y se te escapo un suspiro al descubrir que no estaba bloqueado. Con las manos temblorosas abriste la carpeta de los mensajes, una princesa que no eras tú le decía: Ven pronto esta noche, estaremos solos. Escuchaste sus pasos acercándose, dejaste el teléfono móvil en su sitio y volviste a recostarte sobre el diván. Cuando entró le volviste a hablar de tu infancia y tus recuerdos, de los sueños y pesadillas que te acompañaban en la noche, de tus miedos, de todo menos de aquello que acababas de leer y sobre lo que siempre guardarías silencio.

GOCA

martes, 5 de febrero de 2013

Vínculos limados


Después de toda la mañana buscándola, Gabriel se sentó e intento recordar cuando había usado su lima por última vez. Había sido una semana antes y estaba especialmente nervioso, algo que solía ocurrirle ante personas como Pedro. Resultaba tan pedante en sus comentarios, tan estirado en su manera de expresarse y tan repipi en su manera de dar ordenes con un por favor delante, que no pudo evitar hacer uso de ella otra vez. Si había personas con quien era eficaz su lima era con las de este perfil, las conseguía depurar tanto que al final permanecían silenciosas y obedientes ante él.

La lima fue todo un descubrimiento para Gabriel desde que la usara por primera vez con Óscar, alguien con quien nunca imagino que debiera utilizarla. Hasta el día en que este se negó a salir con él a aquella fiesta. Siempre iban juntos y Óscar debía comprender que no pasaba nada por no estudiar para ese examen. Por lo que decidió desprenderle de eso que le hacía tan responsable y a la vez tan muermo. Desde entonces nunca más Oscar diría que no a una fiesta. Aunque tampoco volvería a decir  que sí a hacer un examen, realizar un trabajo, tener un hijo o cualquier otra responsabilidad.  

Y es que aquellos aspectos que Gabriel limaba, ya no tenían vuelta atrás. Aún recuerda como consiguió que sus padres dejaran de montarle el pollo cada vez que llegaba a casa a las tantas de la madrugada apestando a Dyc de garrafón. Hizo que fueran mucho más despreocupados con él, tanto que desde que se independizó era él quien tenía que llamarlos o ir a verlos para saber de ellos. Añoraba tanto que mamá le riñera por algo, aunque fuera por no salir lo suficientemente abrigado.

Con tantas chicas había conseguido vencer la desconfianza inicial gracias a  la lima. Aunque aquellas noches de Don Juan no podían compensar lo de Paula. Todavía le dolía recordar como paso de ser esa chica tan perspicaz y atrevida que tanto le enamoró al conocerla, a alguien torpe y sin iniciativa. Y todo por aquella discusión, de la que ya no era capaz de recordar ni cómo había empezado.

Ahora se encontraba ahí sentado, percatándose de que nunca antes había pensado en la lima y en su significado hasta el momento en que la había perdido. Pensó en lo que significaba esa perdida. Se sintió aliviado. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Aquel viejo Vals...



Aferrada a su bastón Luisa aprieta el paso e intenta inútilmente esconder bajo las solapas de su abrigo el calor que produce en sus mejillas su presencia. Todavía hoy sigue ruborizándose como cuando siendo una moza le vio por primera vez. Es como si pudiera escuchar a la vieja banda del pueblo tocando aquella melodía que la hacía volar por encima de la multitud.
Elías hoy va ensimismado en sus pensamientos mientras da su paseo matinal. Pero cuando levanta fugazmente la vista, y la observa venir hacía él, no puede evitar dibujar la misma sonrisa pícara con la que le invitó a bailar la primera vez. Siempre mantendrá esa actitud, fingidamente despreocupada, que solo esconde la enorme vergüenza que le provoca el simple contacto visual.

Un tímido “hasta luego” por parte de ambos sella el cruce en el camino, como sí el otro fuera un vecino más, uno con poca confianza como para perder el tiempo parando a charlar y a pasar frio en esta mañana de octubre. Ambos tienen a sus hijos esperándolos en casa, unos hijos ignorantes de las barreras que los separan. Unos hijos que a diferencia de sus padres no tienen razones que recitar, por las cuales no deben gastar ni una minúscula gota de saliva en pararse y hablar. 

Pero aún así da igual, eso ya no importa, ambos se ven sin fuerzas para escalar ese muro invisible que durante tanto tiempo construyeron para ignorarse. Tantos esfuerzos tomaron terceras personas en que se vieran con unos ojos que no eran los suyos, que ya no merecía la pena. Y sin embargo ¿por qué el calor sigue recorriendo sus tripas ante la mera presencia del otro? ¿Cómo puede alguien a quien se han esforzado tanto en obviar provocar emociones que no entienden de arrugas?

Y es que ambos gastan mucho esfuerzo en esconder aquello recuerdos que los acercan, que los llevan a momentos donde no se esquivaban. Donde sus pies bailaban y sus brazos se entrelazaban, donde las cabriolas al ritmo de aquel viejo vals les elevaban por encima de la gente y de sus habladurías. ¡Ay, recuerdos! Recuerdos impregnados de esa melodía y que están a medio camino entre la realidad y la fantasía.

 Pero una vez se han cruzado, los dos vuelven a sentirse derrotados, vuelven a sentir como la insatisfacción les invade. Mientras, los dos adolescentes que aún atesoran en su interior se lanzan a bailar invadidos por el espíritu de aquel viejo vals.
 GOCA


jueves, 24 de mayo de 2012

¡Iglú, dulce iglú!


Faltarían dos semanas para que la Navidad llegara a Madrid, era una fría noche de jueves y la ciudad vibraba. Conducir por un paseo del Prado donde las luces de Navidad inundan cada rincón y la calzada no está desierta pero permite circular sin parones hasta encontrar un disco en rojo, era un viaje teñido de gozo para mí. En el coche sonaban con fuerza “Violadores del Verso” y las risas solo eran cortadas por algún que otro momento de euforia. Avanzo hasta Neptuno donde giro por la rotonda hasta tomar la tercera salida, en pocos metros dejo el congreso a estribor. Sigo avanzando y solo escucho mis  gritos y carcajadas pero sin ningún otro coche a la vista. Si bien parece que algo extraño está ocurriendo, la certeza no se produce hasta que de pronto veo aquella torre que cada treinta y uno de diciembre marca el ritmo al que hay que comerse las doce uvas que dan la bienvenida al año nuevo. En esta ocasión me marca a fuego la certeza de que estoy muy equivocado sobre la ruta escogida, la siguiente señal es definitiva, un coche de la policía municipal viene de frente y sus luces me dicen claramente que frene. Los dos policías bajan del vehículo y se dirigen rápidamente hacia mí. Ya solo queda una opción, poner las manos sobre el salpicadero donde los agentes puedan verlas.

Cuatro años después Homer, un hámster ruso que apenas tenía tres semanas de vida, descansaba en su iglú de plástico naranja ajeno a las maquinaciones que elucubrábamos tres compañeras de clase y yo. Acerco la caja que había servido de transportin desde la tienda de animales al oscuro agujero que hace las veces de puerta en este hogar para pequeños roedores. Zarandeo la semicúpula de un lado a otro, luego doy unos golpes en la parte superior del iglú hasta que Homer asustado sale de su casa, en ese momento un giro de noventa grados le deja encerrado en el transportín. Cuando este vuelve a abrirse el miedo atenaza al pequeño roedor, aún habiéndose roto por completo la oscuridad en la que había permanecido durante ese eterno minuto. Otro simple giro del transportín le sitúa en un laberinto donde al pequeño solo le queda una opción, ponerse a temblar.
Si bien los seres humanos desarrollamos las emociones de una manera más compleja que los animales, esencialmente compartimos con muchos de ellos un abanico de emociones básicas entre las que se encuentra el miedo. Imagina que una noche duermes plácidamente en tu cama cuando de repente un enorme temblor, similar al de un terremoto, te despierta. Aturdido, permaneces quieto a la espera de alguna señal que te incite a la acción, a continuación notas fuertes golpes sobre el techo, corres a oscuras hacia la puerta y al atravesar el umbral de la misma una cancela se cierra a tu paso. Estas dentro de un remolque vacío, totalmente oscuro y cerrado. Después de una hora en que te llevan como a ganado, eres arrojado a un enorme laberinto, cuyos pasillos están formados por paredes que llegan hasta donde te alcanza la vista. No hay techo, sobre la cabeza solo puedes ver como una lámpara halógena del tamaño de un avión de pasajeros te ciega con su luz. Los pasillos son largos y toda la superficie que ves es lisa y de un blanco que brilla con fuerza. ¿Sientes miedo?

Pasar una noche detenido no hubiera sido tan traumático para mí si esto hubiera sido la consecuencia de protestar contra alguna guerra o alguna medida impopular, de hecho así yo también hubiera podido presumir de “haber corrido frente a los grises”. Pero para alguien cuyo mayor acto delictivo había sido el robo al despiste de revistas porno en el quiosco del barrio, había muchas posibilidades de que su primera detención estuviera marcada por la imprudencia, una loca imprudencia en este caso. Cuando los policías me indicaron que bajara del coche, la borrachera ya había pasado del momento de desinhibición al de depresión, y mi diarrea verbal se había transformado en una serie de incomprensibles balbuceos entre los que confesé haber bebido demasiado Ballantines. Algo que el olfato de los policías, en su sentido más literal, ya había detectado  tiempo antes.
Después de atravesar Madrid en un suspiro, la sala donde esperaba para realizar el test de alcoholemia sello de manera definitiva mis labios. Un bocazas, experto en estos menesteres, no paraba de gritar y decir gilipolleces. Llegado a este punto el único nexo de unión de mi mente con la realidad solo deseaba que alguien le callara la boca de un hostión, y al menos un agente iba a satisfacer este silencioso deseo. Mientras la culpabilidad iba presionando mi cuello como una corbata en un caluroso día de boda, la constatación de que eran cero coma dieciséis, las décimas de alcohol que marcaban mi conducta como delictiva, no sé si supuso un hundimiento definitivo o el alivio ante una menor incertidumbre.

En psicología, el condicionamiento operante ha mostrado como enseñar a un animal a través del refuerzo y el castigo. Según este, si un animal realiza una conducta por la que obtiene una recompensa tenderá a realizarla cada vez más. Lo mismo ocurrirá si una conducta provoca el fin de un daño para ese animal. Todo esto que parece sencillo, resulto bastante más complicado a la hora de ponerlo en práctica con Homer. Sin contar las innumerables ocasiones en que quedaba petrificado al dejarlo en el laberinto durante eternos minutos, o aquellas veces en que subía por las paredes intentando escapar del laberinto. Lo que más difícil resultaba era encontrar un premio que fuera lo suficientemente importante para que aprendiera a salir del maldito laberinto. Probamos dejándole sin comida dos días antes de los ensayos, quitándole el agua, poniéndole frutos secos, probando después con golosinas, postres y cualquier otra chuminada que se pudiera encontrar para malcriar a un hamster. Hasta que nos dimos cuenta de la evidencia, el laberinto era un jodido castigo para Homer. Le provocaba un miedo tan evidente que este solo cesaba al volver a su jaula, donde Homer rápidamente se escondía en su iglú. Lo vimos claro, Homer no iba a aprender ese maldito recorrido para encontrar un premio lo iba a aprender para dejar de sufrir. La posibilidad de poder refugiarse en su iglú después de pasear por un infierno de pasillos blancos e impolutos hizo que Homer, tras múltiples ensayos, realizara sin errores y en escasos segundos el recorrido correcto ¡Bingo!

El recuerdo de aquella noche en el calabozo está más teñido por las sensaciones que por los pensamientos. Nunca he sentido más frío que esa noche en un agujero del subsuelo madrileño, un frío que abrazaba mis huesos y mordía mi piel. Mientras el silencio de mis labios era sepulcral, las ideas negativas retumbaban en mi mente con la sonoridad de la voz de un tenor. Nada acallaba esas voces, ni los ángeles con sus disfraces de abogado; ni cuando estos me sacaron de aquel de agujero. La noche había sido una maraña difícil de desenredar. Y al igual, que Homer diluía su miedo al entrar en su Iglú, yo disolví el mío al llegar hasta mi Nuri. Mi iglú estaba entre sus brazos, hogar donde por fin podría llorar como un niño desconsolado.

domingo, 6 de mayo de 2012

¿Eternamente Yolanda?


Esto no puede ser no más que una canción
quisiera fuera una declaración de amor,
romántica sin reparar en formas tales
que ponga freno a lo que siento ahora a raudales.

Este párrafo, endulzado por la voz de Pablo Milanes y Victor Manuel, ha sido la melodía que ha entrado en mi cerebro para despertarme esta mañana y suavizar la resaca de un viernes intenso. El vecino que haya puesto esta canción era totalmente ignorante de la malgama de emociones que estaba despertando dentro de mí. Automáticamente he visto a un Iván de catorce años enfrascado en un campamento por el pirineo navarro donde habíamos dormido a la intemperie. Dentro del saco escuchaba esta deliciosa canción en mi walkman mientras cerca dormía Yolanda.

Te amo,
te amo,
eternamente te amo.
Si me faltaras no voy a morirme,
si he de morirme quiero que sea contigo. 

Con doce años descubrí esta canción buceando entre los casetes de Serrat, Sabina o Víctor y Ana que guardaba mi tía. En un principio me llamo la atención por el título, pero desde que la escuche entera este se convirtió en mera escusa. Esa canción expresaba y ponía melodía a la mayor utopía que mi mente había construido. La música tiene un fuerte nexo de unión con la memoria y con las emociones asociadas a ese recuerdo. La actividad neuronal que se produce al escuchar una canción que conocemos se sitúa en el cortex prefrontal, justo por detrás de nuestra frente. Es este el centro del cerebro que más ligado esta a cualidades como la sensibilidad, la inteligencia humana general y la personalidad. Y además este centro tiene conexiones con el sistema límbico, que es el procesador que maneja nuestras emociones. Pues bien, hoy toda esta información teórica se ha puesto en práctica en mi mente durante todo el día al son de la melodiosa voz de Pablo Milanes. Lo que me ha producido una melancolía que, aunque a algunos les pueda parecer absurdo, a mi me ha resultado placentera.

Mi soledad se siente acompañada
por eso a veces se que necesito,
tu mano,
tu mano,
eternamente tu mano.

He recordado su pelo negro, lacio y liso como la crin de aquel caballo al que mi tío me dejaba alimentar en el pueblo; sus grandes ojos castaños y almendrados que saltaban vivaces al objeto de su atención; sus labios carnosos y rosados que mi imaginación recreaba dulces y refrescantes; su piel morena cuando íbamos a la piscina, que parecía bañada en una suave capa de barniz; su escote terso y generoso cuya visión podía regar de testosterona toda la sangre de mi cuerpo; y sus piernas moldeadas, que acababan en unos glúteos firmes y altivos por los que las faldas caían dejando un precioso escalón antes de asomarse al abismo.

Cuando te vi sabía que era cierto
ese temor de hallarme descubierto.
Tú me desnudas con siete razones
me abres el pecho siempre que me colmas.
De amores
de amores,
eternamente de amores.

Desde los once años hasta los dieciséis, estuve enamorado de ella. Viéndola en el grupo de iglesia con el que iba de campamento y en el que cada sábado nos reuníamos para hacer un uso positivo del tiempo libre. Tres fueron las ocasiones en que la dije que estaba enamorado, una de ellas escudado en la cobardía de una carta, y en las tres me encontré con un no por respuesta. Pese a ser amigos, la mirada en la que el otro radia un aura especial fue unidireccional, lo que hizo que Yolanda pasará a convertirse en lo que todos conocemos como un amor platónico. Un sueño tan cercano que podías ver como se esfumaba al intentar agarrarlo con las manos.

Si alguna vez me siento derrotado
renuncio a ver el sol cada mañana.
Rezando el credo que me has enseñado
miro tu cara y digo en la ventana.

Pero si bien es cierto que no conseguí un mísero beso de esos labios tan anhelados, esos cinco años fueron vitales en formar ideas que hoy son parte de lo bueno y malo que soy. Pude sentir el cariño sincero de mi amigo Oscar, que no dudo un segundo en mandarla a dar un paseo cuando esta se le declaro, y que mostro a mis ojos la verdadera dimensión de la palabra amistad. Y es que aun hoy me emociona pensarlo, ya que Yoli era un valor cotizado entre las febriles mentes adolescentes que habitaban en el barrio de las margaritas. Aun así Oscar dejo que ese tren pasara para otros, y me puso a mí por encima de todo, aunque yo le hubiese dicho, con la boca pequeña eso sí, que entendería su decisión.

Yolanda
Yolanda,
eternamente Yolanda.

Otra idea que se formo en mí fue la del amor romántico, el amor febril que te hace soñar y te aleja de la absurda cotidianeidad del día a día. Una idea que aun hoy me guía, pese a haber quemado ya algunas naves. Sueño con la llegada de esa mujer que sea musa en mi interior. Me reconforto en mi cursilería y cada vez apuesto menos fichas en partidas donde lo único que pones en juego son emociones que luego dejan una sensación de frio y vacio. Guardo mis emociones para la jugada maestra donde apostare el todo para ganar a mi musa. Todavía hoy miro con los mismos ojos con los que contemplaba a Yolanda cuando transitaba por la edad del pavo. No sigo enamorado de la Yolanda real, ni siquiera sé que habrá sido de ella, pero aun creo en la princesa que reino en mi cabeza y que alguna vez descubro en otros ojos. Esos ojos eternos que ayer se mezclaban con los mios y con el dulce sabor del ron.

Yolanda,
eternamente Yolanda,
eternamente Yolanda.

http://www.youtube.com/watch?v=l0Neh3eJaig

sábado, 28 de abril de 2012

¡Mamá quiero ser artista!.- Primeros pasos


Todos los niños alimentan su imaginación con sueños en los que sus habilidades son admiradas por todo el mundo. En mi barrio lo habitual era que los chavales soñaran con ser futbolistas y que sus goles enardecieran las gradas, algo que en mi caso no fue así. Pronto empecé a darme cuenta de que no podría ganarme el pan con cualquier actividad que dependiera de una acertada coordinación motriz. En el caso del futbol, por si no lo tenía suficientemente claro, mi queridísimo padre y su cruel sinceridad se encargaron de gravármelo a fuego en el cortex prefrontal. Así que huérfano de sueños deportivos, mis anhelos se centraron en la interpretación. Algo seguramente muy común  en la infancia, y menos extraño aún en un chaval que se pasó toda la enseñanza reglada con una mano levantada y con la otra sujetando el codo para no desfallecer en el intento de participar en clase. Mi afán de hablar en público fue de la mano del anhelo de ser actor, y algunos pasos di, aunque estos fueran torpes e imprecisos.

Para recordar mis primeros pinitos como actor he de remontarme a segundo de EGB. Para aquellos a los que tanto plan de estudio haya dejado perdido, la EGB respondía a las siglas Educación General Básica, y se correspondía con segundo de primaria. Sobre la perdida de mi virginidad teatral, solo puedo recordar que estaba nervioso, no fue como imaginaba y acabe llorando. Esto hace que crezca mi ego con respecto a la perdida de mi virginidad real, por lo que queda claro que cualquier desastre puede ser  adornado en la memoria si le buscamos la comparación adecuada.

Pero volviendo a mi estreno teatral, lo primero que llega a mi mente es el momento en que la seño nos dijo que íbamos a representar un belén viviente el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad. Mi cabeza empezó a bullir y a imaginar cual podía ser el papel que me tocaría interpretar, si bien la representación no tenía más diálogo que la presentación de personajes que harían dos compañeros. El primer papel en el que me imaginé fue en el de San José, aunque tampoco me desagradaba ser cualquier rey mago e incluso el ángel anunciador. Ilusiones que iban cayendo en saco roto según iba desentrañandose el reparto.

Pastor, ese fue mi brillante debut interpretativo. Supongo que no habiendo dado papeles para representar una nube, ser pastor era lo mas accesorio que se podía ser en esa obra. Si todo esto supuso una gran frustración inicial, lo peor aún estaba por llegar. Mi mente infantil podía entender que mi padre no pudiera acudir a mi debut por la cantidad de horas que trabajaba. Lo que a mi mente le costó comprender un poco más, fue que ese día mi madre tuviera que acudir a la casa donde limpiaba una vez a la semana. La consecuencía fue vivir mi primera representación llorando desconsoladamente al ver como los padres de mis compañeros llenaban el salón de actos, mientras que a mí solo podía haberme ido a ver mi tía, que se mostro infinitimente comprensiva con mi comportamiento. Años después al ver la foto que inmortaliza mi debut se pueden apreciar unos ojos rojos y vidriosos como consecuencia de la interminable llantina.

Posteriormente puse a pruebas mis dotes de interpretación en algunos gags que representaba en casa cuando celebrábamos un cumpleaños, para mayor chanza de mis primos. Del mismo modo las hogueras en los campamentos se convertían en un escenario ideal para dar rienda suelta a mis dotes interpretativas. Pero si se puede destacar un momento que sirvió para cerrar los primeros pasos en mi corta y fugaz carrera hacía la fama, este fue mi primera aparición televisiva y única todo sea dicho.

“La guardería”, así se llamaba el programa de televisión al que con diez años llevaron a toda mi clase. Teresa Rabal era la presentadora de este programa infantil hecho para que los niños desayunaramos sin molestar demadiado. Sobre la presentadora que llenaba de dulzura tantos discos infantiles, pistas de circo y presentaciones de talento infantil, solo puedo recordar su metamorfosis nada más dejar de grabar las cámaras. En ese momento toda esta dulzura era devorada por la Cruella de Vil más real que haya conocido nunca, tanto por su histriónico carácter como por su manera de devorar tabaco.

Allí se nos dio la oportunidad de contar un chiste a cambio del último disco de la Rabal y de ser protagonista en televisión durante treinta mágicos segundos. En ese momento el repertorio de chistes que había aprendido de mis primos y tíos se hubiera convertido en mi más preciado tesoro, sino fuera por la difícil adaptación a la programación infantil de casi todos ellos. Pese a esto me permitieron contar el más suave, que aun siendo así provocó tal explosión de risa en el plató, que Teresita tras dar paso a publicidad expreso la primera crítica sincera que han recibiodo mis dotes interpretativas: “¡Joder con el pecoso! ¡Con lo inocente que parecía!”.